Upset couple lying back to back in bed

Enemigos bajo el mismo techo

Vivir bajo el mismo techo sin tener vínculos afectivos con la pareja es un pro­ceso muy doloroso para ambas partes. Si bien la solución es el divorcio legal con la respectiva separación física, resulta para­dójico que muchas personas en esta situación se rehusen a dejar a su contraparte.

Lo anterior se debe a que impera cierto temor a no poder sobrevivir, ya sea por cuestiones económicas, sociales o familia­res. Al respecto, hay quienes consideran que se trata de una forma de vida “parasitaria”, pues de alguna manera hay resistencia a la separación total por con­veniencia y se vive a expensas del otro.

Radiografía de una relación

Antes de entrar de lleno a dicha problemática, es impor­tante analizar lo que sucede al iniciar una vida en pareja. “Todo comienza desde la elección del compañero, lo que se efectúa en función de las características que posee, las cuales satisfacen nuestras necesidades psico­lógicas, biológicas, sociales e interpersonales”, comenta el doctor José de Jesús González Núñez.

De acuerdo con el especialis­ta, existen ciertos criterios para suponer que la relación amorosa es buena. Es lo que en psicología se denomina pulsiones:

  • Escópica. Se refiere a la necesidad de ver y ser visto. Si se satisface, la relación va por buen camino.
  • Auditiva.  Se trata de la necesidad de escuchar y ser escuchado.
  • Agresiva. La agresión va a estar presente en dosis peque­ñas en toda relación aunque la pareja se ame. Ello se debe a que el ser humano en su esencia contiene un núcleo agresivo; no obstante, tanto la mujer como el hombre tienen la capacidad de neutralizarla, sublimarla, mane­jarla, moderarla y aceptarla.
  • Sexual. Tiene que haber reciprocidad en las relaciones y encuentros eróticos.

Cuando estas necesidades se satisfacen mutuamente estamos en la línea de una buena pareja. Todo ello va revestido de afecto, cariño y ternura, sentimientos^ que proporcionan placer a los miembros de la pareja.

Cabe destacar que a lo an­terior se suman otros criterios, agrega el entrevistado. Uno de ellos es la inteligencia. “Se dice que para que una pareja fun­cione, el hombre tiene que ser ligeramente más inteligente que la mujer, pues en caso contrario el varón se siente lastimado en su orgullo. Desde luego, esto no es una falla en la mujer, sino en el hombre que no lo tolera”. Asi­mismo, es necesario que tengan el mismo criterio y actitud hacia lo religioso, la educación de los hijos, lo sexual, lo estético y lo recreativo.

¿Cuándo inicia el divorcio?

Cuando una pareja decide unir sus vidas supone que uno al otro va a satisfacer las necesida­des antes expuestas, que todo va a marchar sobre ruedas. Ella cree que su amor lo va a salvar a él de todos lo males del mundo y que además va a cambiar. A su vez, él supone que ella va a cambiar.

¿Qué sucede en la realidad? “La mujer cambia y evoluciona en sus afectos y emociones, pero el hombre no lo hace. En consecuencia, sobreviene una frustración, que de no superarse ocasiona que las líneas afectivas comiencen a fallar primero en ella y luego en él. Además, el hom­bre experimenta una desilusión porque ella no es incondicional como su madre, sino una es­posa que le reprocha y se enoja cuando llega tarde, no le da el gasto a tiempo y no tolera una infidelidad”, responde enfático el doctor González Núñez.

Así, el problema emocional más severo está constituido por la decepción inicial, la fractura de las expectativas personales y de pareja, la existencia de sen­timientos de culpa al considerar una separación, el poner en la balanza lo que se perdería al momento de romper la relación y lo que arrebataría física y emo­cionalmente el cónyuge.

“En las mujeres la desilusión es más real que en los hombres porque nosotros somos los que fallamos más en los compromi­sos de pareja. Después se pre­senta el resentimiento y ambos manifiestan actitudes hostiles que pueden llegar a un nivel alto de agresión, ya sea física, verbal, psicológica y emocional.

Si uno o ambos miembros de la pareja no se siente satisfecho con su contraparte, muestra un desencanto ante el lazo afectivo y comienza a mostrar actitudes de cansancio que pueden caer en la indiferencia, la molestia, el odio o la ira. Sin embargo, la pareja continúa funcionando socialmente debido que los cónyuges viven juntos, aunque sólo sea por conveniencia, estabilidad económica, física o emocional.

¿Cómo afecta?

De acuerdo con el doctor González Núñez, las personas que expe­rimentan un divorcio emocional sufren:

  • Depresión y ansiedad.
  • Alteración del sueño y las co­midas.
  • Baja autoestima y auto deva­luación.
  • Dificultad en establecer relacio­nes sociales.
  • Temor y resistencia a la intimi­dad.
  • Auto-vergüenza y auto-repug­nancia.
  • Sentimiento de culpa.
  • Tendencia a sabotear cualquier cambio potencialmente positivo en su vida.
  • Tendencia a ser reservada con su propia experiencia.
  • Agotamiento físico general.

Separación emocional

Una vez rotos los lazos emocionales, la pareja ya no está dispuesta a negociar sus diferencias, y aquí tiene lugar el divorcio emocional y afectivo. En algunos casos, esta situación se torna, hasta cierto punto, enfermiza porque existe la ne­cesidad (económica o social) permanente del otro aunque ya no se toleren.

Llega a presentarse un perio­do de colapso, durante el cual uno o ambos miembros de la pareja manifiesta conductas violentas. Las discusiones son más intensas y frecuentes, la ironía siempre está presente y hasta pueden llegar a empujones y golpes. Asimismo, buscan la forma de fastidiarse la vida. Ella lo hace explotar y, en respuesta, él restringe o corta la manutención, pero deja lo suficiente para que sobreviva.

De esta manera, quedan ata­dos por una ligadura rencorosa y divorciados del amor, de las atenciones y de la satisfacción que da vivir con otra persona. Además, los cónyuges des­truyen todo lo que amaron de la pareja y sólo mantienen lo negativo e intolerable.

Ya no se aman, pero siguen viviendo bajo el mismo techo porque ella, en algunos casos, depende económicamente del cónyuge y además por culpa. Por su parte, él tampoco pue­de separarse porque se siente culpable por agredir a su esposa y no sabe cómo enfrentar a la sociedad que lo considerará el malo de la película.

En cuanto a las parejas que deciden negociar sus diferencias y convivir de manera pacífica e individual, llegan a tener buenos resultados y hasta rehacen su vida. Pueden estabilizar su vida con base en la indiferencia o en el respeto mutuo, y tratan de resolver sus problemas por medio de acuerdos que lastimen lo menos posible al otro.

En ambos casos, la sexuali­dad es inexistente. Y como ya no hay empatia emocional ni lazos afectivos pueden demostrar re­pugnancia y/o rechazo hacia la pareja. Es común que busquen relaciones extramaritales; víncu­los, por lo regular, fugaces.

¿Y los hijos?

Cuando se tienen hijos, las personas suelen refugiarse en actitudes que les permitan so­brevivir, como lo es el cuidado ex­cesivo, trabajar incansablemente o bien caen en una depresión en la que sólo pueden llorar, dormir y volver a llorar, descuidando su vida.

“Los hijos siempre llevan las peores consecuencias. Cuando son niños o adolescentes, en su fantasía se desarrolla la idea de que los padres se divorciaron emocionalmente por su culpa. A ello se suma que tanto la madre como el padre tratan de atraerlos, lo que acentúa más el desequilibrio y la disfuncionali­dad”, explica el doctor González Núñez. Además, los chicos pue­den verse afectados por cuadros depresivos, enfermedades psico-somáticas, ansiedad, angustia, culpa o miedo.

“Es fundamental que las personas se responsabilicen de ese primer afecto que surgió con su pareja. Por ejemplo, si me casé y le dije a mi cónyuge que la quería, soy responsable de seguir cultivando ese amor. Es importante que la gente no deje de hacer todo aquello que solían cuando apenas empezaba su relación, que no olviden sus promesas y trabajar en conjunto. Y si las cosas de plano ya no funcionan, lo mejor es cortar de tajo causando el menor daño posible”, acota el especialista.

La reconstrucción

La solución del divorcio emocional requiere del trabajo y la buena voluntad de ambos miembros de la pareja, por lo que es necesario:

  • Considerar que la relación de pareja ya no funciona.
  • Reconocerse como persona, distinguir las necesidades propias y valorar la autoestima.
  • Reconocer, viviry confrontar los miedos propios como a la soledad.
  • Aceptar la ruptura emocional y tratar de ver las cosas con claridad.
  • Para resolver la crisis se necesita actitud positiva y voluntad, además de aceptar que en estos casos la separación física de los cónyuges suele ser necesaria.
  • Pensar si se quiere modificar la relación de pareja o si vale la pena.
  • Definir por qué mantenemos el vínculo afectivo con nuestra pareja.
  • Pensar ¿qué va a pasar si continúa la relación?
  • Si aceptas que ya no funciona, lo mejor es decidir romperlay comenzar de nuevo con ayuda de un psicoterapeuta.
  • No buscar culpables ni auto culparse por un fracaso que tal vez a futuro no lo sea.
  • Dejar de jugar el papel de víctima.
  • No tener miedo al fracaso, al rechazo social ni al dolor propio.
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