liderazgo

Escuchar, arte maestro

Nuestra cultura no es la más propicia para aprender a escuchar; nos quedamos en las palabras, no en los silencios y en lo que no se dice pero es posible intuir.

En la familia, en la escuela, en el círculo social, aprendemos a dominar nuestras palabras como forma básica para comunicarnos; no obstante, la intercomunicación verdadera sólo se da cuando también somos capaces de escuchar lo que la otra(o) tiene que decir.

Te comparto esta hermosa historia: En el siglo III D.C., un rey envió a su hijo al templo para estudiar con el gran maestro, quien debería enseñarle los principios fundamentales para ser un buen gobernante. Apenas llegado el príncipe, el maestro lo mandó solo al bosque; al término de un año debería volver al templo y describir el sonido del bosque. Cuando el muchacho regresó, dijo así:

– Maestro, pude oír el ruido de las hojas, el zumbido de los colibríes, el cantar de los cuclillos, el chirrido de los grillos, el rumor de la hierba, el zumbido de las abejas, el susurro y el grito del viento.

El maestro entonces le pidió regresar al bosque y esforzarse por escuchar algo más. El príncipe se quedó perplejo; ¿no había discernido ya todos los sonidos? Durante días y noches sin fin el joven lo intentó, pero no oyó más sonidos nuevos. Hasta que una mañana empezó a distinguir algo no escuchado hasta entonces. Cuanta más atención ponía, más claro lo percibía. Una sensación envolvió al muchacho: estos eran los sonidos que el maestro deseaba que distinguiera.

Al cabo de un año, el maestro le preguntó si había oído algo más.

– Maestro, pude oír lo que no se oye; el sonido de las flores al abrirse, el del sol calentando la tierra y el de la tierra bebiendo el rocío de la mañana.

El maestro asintió con la cabeza:

– Oír lo que no se oye es una disciplina necesaria para ser un buen gobernante, pues sólo cuando ha aprendido a escuchar atentamente los corazones de las personas, sus sentimientos no comunicados, las penas no expresadas y las quejas no proferidas, puede inspirar confianza en su pueblo, comprender cuando algo está mal y satisfacer las verdaderas necesidades de sus conciudadanos. La muerte de un grupo llega cuando el líder sólo escucha las palabras superficiales y no entra en el alma de las personas.

La parábola se explica por sí misma. A manera de conclusión podríamos decir que escuchar implica:

Conocer las preocupaciones de la otra persona, lo que le interesa, lo que le hace falta, lo que sabe y no sabe, las aspiraciones que tiene.

Identificar el mundo de quien habla, sus carencias y sus bondades, su estilo y maneras de pensar, su cultura y tradiciones.

Aceptar las diferencias y reconocer el valor de lo que el otro dice y piensa.

No dejarte llevar por tus pensamientos para descartar los de la otra persona, sino abrirte a nuevos que enriquezcan tu visión del mundo.

Ser capaz de guardar silencio y observar lo que tú piensas y lo que piensa la otra persona.

Si aprendes a escuchar lo que a los demás les interesa y les preocupa será muy fácil entenderte con ellos o ellas; podrás responder a lo que necesitan. Practica y obsérvate en las conversaciones que tengas esta semana.

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